14 de marzo de 2019

De la mano y en pantuflas


Es que creer en Fidel es necesario Morell, como quien deja de buscar pelos al huevo – decía Raquel con las manos inquietas, pitando una y otra vez. Y yo sabía cómo terminaban aquellas charlas. Es que ella no soportaba que yo opinara distinto, consideraba la amistad, o el amor, como una balanza totalmente equilibrada, como X igual a X. Al segundo mes de convivencia supe que su terquedad podría más que cualquier sensatez, por lo que me incliné a la resignación, a la sonrisa suave, a tomarle una mano y acariciarla mientras ella se encendía con cada palabra, revoloteando su mirada en mí, en la ventana, en el cuadro del Che.

Durante cinco años la deseé como a nadie, pero de una manera que Raquel ni siquiera sospechó. Me creí el cuento del buen enamorado, con óptimos resultados. Noches y noches de lecturas, whisky, Tiersen y cigarros. Ella iba por ahí, y a mí me quedaba exacto.

La fortaleza de la isla, el empeño del viejo, y la mierda que nos rodea, yo lo necesito Morell, yo creo en Fidel. ¿Por qué me miras así? ¿Vos no? ¿Desde cuándo pensamos distinto nosotros? Era el momento, le tomé la mano, le acaricié los dedos largos, y la besé con los ojos. Decime, Morell. Entonces la llevé a la cama.

La amaba tanto, pero no pude enseñarle a aceptarme, aceptar cualquier otro. Mis tácticas fueron estrategias de evitar cualquier enfrentamiento cotidiano. Eso de amoldarse no iba para Raquel, pobrecita, Raquel.

La consentía, hace poco puedo decirlo. Es que decirlo y aceptarlo, es saberme en parte culpable. Cuántos repasadores quemó porque yo nunca le dije lo peligroso de dejarlos cerca de la hornalla, pero ella se reía, y mi reto era la sonrisa suave, morderme el labio entre la sonrisa suave. Y ella se reía más, porque le gustaba mi complicidad o el reto-sonrisa. No me pueden culpar por haberme enamorado. A fin de cuentas, mi aporte fue de enamorado.

Dejé que llevara a Tobías, el perro, al casamiento de mi hermana. El animal, que vivía encerrado en un departamento, corrió por todo el salón, apenas pude convencerla para que lo dejemos afuera. Cuando el sol se entrometió en la fiesta salimos a buscarlo, pero sólo encontramos los destrozos que Tobías había hecho en el cuidado parque, en los finos canteros, en las nomeolvides, y de él, ni rastro. Raquel lloró todo el camino a casa, y repetía “a Tobías Dos te juro que lo cuido, qué estúpida que soy”. Pero a Tobías Dos se lo llevó con ella al mercado y lo pisó un auto. ¿Qué podía hacer yo? Dejé pasar un mes y le traje a Tobías Tres, pobre Raquel.

El día que nos mudamos estaba tan feliz, tan hermosa. Teníamos una cama, un sillón y una radio con pasa cassette. Nos sentamos en el piso con café y un atado, decidimos que así sería la inauguración. El café nos desveló, de manera que a las tres de la mañana salí a comprar cigarrillos, y unos chocolates. Era invierno. Raquel se quedó descalza en el balcón. Cuando me vio cruzando la calle me gritó que no olvide los preservativos, pero yo los olvidé. Esa noche quedó embarazada. Qué te hice Raquel… una nena y una nena.


Te arrancaron de mis brazos. Era miércoles, yo había llegado hacía un rato. Vos estabas con la panza, preciosa. Y te llevaron igual, no les importó nada.
De ahí en más yo trabajo, juego con Ana, como, me baño. Soy una rutina fría. Pienso que sin vos no podría hacerlo, pero allí estás, todos los días, descalza en el balcón, y sabés que estoy ahí, espiándote, atrás del álamo. Ana sólo te ve los sábados, y vos le sonreís, como hacías con cada niño, con cada perro en la calle. Estás flaca, pálida, tus ojos se apagaron. Pero yo te amo tanto, Raquel. Yo voy todos los días a espiarte, y me ves. Los sábados tomamos el té, hasta que vos te aburrís y seguís al muchacho de pelo largo. Decís que él es el papá de tu muñeca. Y yo los miro mientras se alejan por los pasillos celestes, de la mano y en pantuflas.


                                                                                                                                                                          P.S.P. 
                                                                                                                                   Octubre ’09

Nacer para atrás


Pienso a mi velorio

Como un cumpleaños de vuelta

De regreso

Un cumpleaños al revés


Paula
18-VII-2014

5 de marzo de 2019

a f u e r a

Cuando era menos reaggeton, menos intento de gede clasemediero ensayando brillar de lunes a lunes, aseguré: “el triste afuera es feliz, adentro muere de tristeza”.

Por eso, cuando no alcanza despojarte de toda intensidad externa, sacás a pasear tu propia intensidad unos kilómetros ruta afuera.

Como si la casa apretara los sentimientos, sofocara la expresión, subís a la autopista y llorás. Todavía no tenés idea porqué, Valeriana. Esgrimiste respuestas ruteras, te pusiste lentes para tapar los ojos, pero no tenés ni idea.

Vamos a empezar por el principio. Te sacó Netflix y la pésima señal de wifi que impidió que sigas mirando esa serie nueva. Preparaste todos los petates, todo lo necesario para ilustrar


                                                                a    f    u    e   r    a



los sentimientos.  Lo lográs, vamos, en eso sos buena. Tenés ese don, Valeria Valeriana.

Y te vas.

Saciada una parte de la sed, te vas acercando a la primera guarida de la tarde. La Estación.

Pensás que estás sola, a lo sumo un perro. Pero de repente comienza el desfile walking dead, preguntando si todavía pasa el tren.

Uno y otra, y otro y una.

¿Qué modificará en su cabeza turística saber si todavía pasa el tren? Aunque por fuera del fastidio sabés que vos te hubieras preguntado lo mismo.

Acá nadie te juzga. Quizás por eso te fuiste. Para escapar de la mirada cotidiana. Aunque muchas veces quizás, la mirada está adentro. ¿Cómo alejarse?

Esta vez no hay carnaval que tuerza mi mirada y encienda la ilusión. Al menos por ahora. Todavía, allá arriba, detrás de los árboles, todavía queda sol.

¿Habrá un baño por acá? La primera parte es de mate, un puchito permitido, y escribir. Para más tarde incorporamos kit.noche.salado; birra y maní. Total maneja Dios.

Pasa que podrás tener una vida maravillosa, pero nunca tendrás el timming – time – de una serie o una película. Ni la escenografía, ni la fotografía. Pero sobre todo el ritmo, ese transcurrir perfecto entre una escena y otra, entre un sentimiento y un pensamiento en voz alta. Esa escena donde la cámara se aleja en plano picado dejando chiquitos a los personajes.

A la vida le falta cine.

Y no estoy hablando del guión. Porque probablemente no le falte picante a tu vida; una cita de mierda, un trabajo horrorozo, un incidente del tipo misión imposible, pero no tiene cine; encuadre, ángulo, luz, montaje, soundtrack… música. La música eterna que debería sonar de fondo siempre. Una viñeta anticuada que dramatice más todo. Y sin eso, todo pasa sin pena ni gloria. Y lo único que lamentás es que sabés que a tus ojos de cine no le puede ganar nadie.  Que tenés la mejor escena y fotografía del mundo. Y que vas a guardar eso en tu memoria para siempre – o al menos hasta el Alzheimer-.

Pero todo se queda acá. Un instante en el mundo donde millones de instantes juegan el mundial galáctico de instantes maravillosos.  

Acá te regalo uno, sin encuadre y fuera de foco, con un pajarito que hace equilibrio en un cable mientras otros cantan por los bosques que rodean la Estación, donde todavía no sabemos si pasa el tren, y donde el carnaval no trajo ninguna ilusión nueva, aunque todavía queda un ratito de sol. 



Convertirse en vaso, el nuevo deporte humano

A veces se te mezclan las tristezas y no sabes cuál de todas fue la primera. Es una bola de nieve, empezás por el pibe que no te contestó el mensaje, uno más y van… Y encima se te rompe el inodoro y hay un ruido inexplicable en la casa. No sabés si llamar un plomero, un gasista, o a tu hermana para juntarte y fumar un porro. A veces esa es la mejor, el porro borrador de todo. Pero recordás que tenés que seguir viviendo en esa casa, y la tenés que arreglar.
Como al auto que te chocaron. Todo si el seguro se dignara a pagarte. Hizo un ruido raro, "como a un coso del cosito que gira como en agua", le dirás al mecánico. Pero el ruido pasó, no lo llevaste. “Si pasa pasa”, habrá pensado el ruido.

Hoy me levanté pensando en que en la era del reciclado y la conciencia ambiental de algunxs pocxs, lo único descartable y no reutilizable somos lxs seres humanxs. Somos esos vasitos de plástico que se rompen después de una fiesta yankee, ese que metés en una bolsa recuperada, junto a colillas de cigarrillos y latitas de cerveza. Ojalá fuéramos el frasco de mermelada que deviene en vaso. No, somos el de plástico, que tiene una rayita, y con total descuido lo apretamos y la rayita resulta grieta insalvable. Ya está, a la basura.
¿Nadie está un poco cansadx de todo eso? Yo creo que todxs estamos tan cansadxs que ya casi ni lo intentamos. Transformamos esas ganas de amar en otras ganas, amamos más a lxs amigxs, amamos más las causas, nos amamos más, salimos con nosotrxs mismos. La deconstrucción pagó peaje y le metió. ¿Y si me estoy pasando unos pueblos? ¿Sí o qué?
Bueno, vos, excepción, qué hacés ¿todo bien? Coincidiste emocionalmente con alguien que tenía ganas. Además, enamorarse es una decisión política, sabés. Cada vez creo más en eso. Y tomaste la decisión. La decisión política más la coincidencia emocional puede convertirse en una bella experiencia de amor, que probablemente tenga fecha de vencimiento, no quiero pincharte el globo, pero ya sabés. Por las dudas llevá casco.
Un día entendí en carne viva a Charly: Cuando el mundo tire para abajo es mejor no estar atado a nada. Y acá estoy, más suelta que noséqué. Tan suelta que a veces me vuelo y me encantaría que alguien me baje un rato, me retenga un poco, me vuele un cacho la peluca.
Líquido, vaticinó Bauman. Todo líquido, nada sólido. Autos líquidos, celulares líquidos, relaciones líquidas. Creo que ya no somos ni eso, somos el vaso que contiene el líquido, somos lo que ni siquiera se bebe, somos lo que se tira.
Buen día, es viernes, vamos que hoy te convertís en vaso.


13 de febrero de 2019

Catarsis de un viejo adiós


Tengo la heladera llena de chocolates y dulces que me dio la gente que me quiere para que no me muera.

Llego de trabajar, esos trabajos que no tienen nada que ver con nada del universo, abro la heladera y veo los chocolates que me recuerdan que la vida debe seguir, porque sí. Dulces, amargos, aireados, y el alfajor que le dan en la escuela a mi hijo.
Rollos de peligro. Sí, eso vengo de hacer. Me empleo en la fábrica familiar y me autoconsagro operaria. Dos días fui y ya me siento Simón Radowisky. Descubro a la máquina como el mejor amigo del hombre. De la mujer, en este caso. El rollo de peligro se enreda, se dobla, la impresión puede salir mal, la máquina se detiene, o el cono le quedó chico, pero no me va a dejar. Nunca me va a dejar él. Yo lo voy a dejar, cuando termino y me voy. Y, evidentemente, es a lo único que voy a dejar en mi vida.




Todo empieza cuando mi novio, anda a saber cuál de esa fila de desalmados, me dejó. Sí, otro más. Y la interminable danza de desamores me trae acá, junto a vos, que te dejaron, que no te dejaron, que vivís el amor como algo más, o, que como yo, lo sentís en lo más profundo del cajón de verduras repleto del ají puta parió. Te deja, se va, no lo entendés, es una película de terror, esos ojos no van a volver, esos brazos ya no te van a abrazar, ese motor no sonará jamás en tu puerta, y ahí estás, chiquita como un alfiler mientras la cámara se aleja. El ya se fue, diciéndote, encima, porque la lista de encimas es muy larga, que te ama. Te lo dice porque vos querés cerrar la historia lo más sanamente posible… está bien, okey, no lo entiendo pero parece que va en serio, te vas, entonces te muestro todas mis cartas porque no va a haber un después… amigo podés ser de tu hermana. Y te digo que te voy a extrañar, y me limpiás las lágrimas; y como no hay después, te doy todas tus cosas ahora, esperame un minuto…

Tu ropa. Esos calzones talle xxxxs y tus remeritas que adoraba doblar. Las medias rotas y el puf. ¿Qué más? Sí, unos dibujos que estuviste haciendo con mi hijo, no quiero verlos, un caracolito que trajimos de Mar del Plata hace 4 días, CUATRO DÍAS, entendés Frozen? Un chupetín, amargo. Llevatelo. Y sí, ya que salí afuera en el torbellino desorientado que era esa noche, tomá, llevate el cactus… no un cactusito, cuidado, a ver si te pinchas…. No, llevate EL CACTUS que trajimos del norte, ese señor cactus que espero te haya recordado a toda mi familia y todo el viaje cuando lo sacaste de la bolsa.

Te doy la bolsa, te deseo lo mejor, con el gramo de dignidad que me queda, lo pierdo al instante porque te digo te amo, te beso en la boca y me voy. Vos me decís lo mismo. Mismos deseos, mismo amor.  (#$%&”!)

Si, te pinchás, cuando sacás el cactus, pero eso que…  si te fuiste de todas formas. Los finales son guionados por Sheakspere, siempre. Y musicalizados por Coldplay. Te juro, no miento. Como tan enferma no estoy, cierro la puerta, y hago un s.o.s. amigas-mamá-hermanas, y con el teléfono en mano, agarro un martillo y arranco el corazón de cemento, de cemento, que me hiciste en la pared con nuestras iniciales.





No hay consuelo. Nada. Es mentira, al rato es verdad. No es la primera vez, deseo que sea la última.


****                                                      algún mes 2017                                           ****


Lo bueno es que de ahí me reiventé unas cuantas veces, my friend. 
Hay maestros y bendiciones, el fue un maestro que me enseñó tantas cosas de mi, es más lo que dejaste que lo que te llevaste, pero eso se sabe mucho después, al momento de escribir estas líneas era un llanto curándose en las risas del autoridículo, siempre me salvó escribir, sabés.

24 de febrero de 2018

El suicida de la playa


 “Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí sólo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” Albert Camus



Pelos míos por toda la casa. Decías que los juntabas en un sobre. Cómo no me di cuenta, quién pudiera hacer algo así. La última vez que dejé pelos míos en tu casa fue la última y redundante vez que rompiste mi corazón.

¿Te acordás cuándo vimos un hombre muerto en la playa? Nunca escribí sobre eso. Lo guardé como el presagio de aquella otra vez que rompiste mi corazón. ¿Cuál había sido? ¿La segunda? ¿La primera?

Volvimos de la playa y terminaste. Qué importa en qué orden ni porqué. Ya no me importa. Ese hombre que creíamos borracho, se había metido un tiro. Y no con un 22, un 38. No. Una escopeta. Si va a ser el final, que sea grande, colosal. Él tenía más sentido común, tuvo un solo y gran final. Se quedó suspendido para siempre mirando el mar. Vos elegiste un final agónico. Uno, dos, tres finales. Y el escopetazo final, con esa bala capaz de ir y volver e impactar tantas veces.



¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? ¿Estaba quebrado? ¿Solo? ¿Qué pensó su familia? ¿Tenía familia? ¿Por qué se escapó? Porqué no dejó al Universo hacer… será qué hay corazones que no soportan esa bala ir y venir.  No supo manejar el absurdo de vivir, diría Camus. Andá a saber. En definitiva, ese día vimos el suicidio a un metro y medio.

Llegó temprano. Se sentó en la arena fría. Cerquita de esa casa que hicimos nuestra el invierno anterior. Miró el infinito del mar y lo volvió a pensar. Ya no había más destino para él que quedar suspendido en las olas. ¿Sabés? Esta vez si te voy a ganar. Y gatilló. No, no era vómito, era sangre. Qué bobos…jugábamos con la espuma del mar mientras la muerte daba vueltas por la playa, llevándoselo lejos. Y sí, de paso, nos llevó a nosotros. En cuotas y agónicamente. Nos subió a una ola fría y brusca; me sumergió y llenó de pelos marrones, rubios, naranjas, tan indefinidos siempre, las aguas del atlántico. Y nos soltamos la mano para siempre. Como un barco pesado que ya no emerge a la superficie.

Después volviste de mil formas. Pero ya estabas muerto. Y yo un poco también.
Porque nunca renazco si no muero antes, las veces que sean necesarias.  
En definitiva, estamos llenos de muertos tan vivos. El suicida merecía ser contado, porque ya sabemos, lo que no se nombra no existe.

Estoy frente a un teclado, otra vez, naciendo después de morir en tus ojos verdes. Pero hace rato vengo naciendo, nací en una copa de vino que llegó a mi vida después de los 30, y en el placer de un disco que Almodóvar pensó para mí, cuando escribía Hable con ella. Se llama “viva la tristeza”, y no sabés cuántas alegrías me da. Volver del reaggeaton de la mano de Amy Winehouse, y olvidar que era nuestra. Yo soy nuestra. Todas mis yo me recorren revolviendo cada rincón de mi cuerpo que ahora vuela con los pies.

Los sábados son domingos y los domingos serán viernes. My way, cantan desde abajo. Y el final sube solo, y la batería se agita, y es grandioso saber que el pino sigue aquí enfrente, y que la pantalla se sigue llenando de letritas negras que no llevan a nada.

Es que el suicida merecía ser contado. 

31 de diciembre de 2014

Bridget Jones LTA


Esta es mi revolución,
llenar de amor mi sangre.

Empecemos por una verdad irrefutable: Bridget Jones no existís. Tu vida amorosa tiene un final feliz. En el medio pasás algunas vergüenzas, te enamorás un poco del equivocado, evidenciás tu caudal de amor acumulado como agua de estanque, y pasado el tiempo suficiente de la dulce mentira, descubrís que te engaña, o que ya estaba con otra, o que, o que… pero, Bridget, llevás tu “sobrepeso” mejor que mi flácida delgadez, podés emborracharte y cantar desahogando los fracasos de tres décadas consecutivas porque tenés trabajo; cambiás de trabajo como de bombacha y tenés amigos rescatadores en momento, cuando menos, polémicos.
Bridget, no te dejaron plantada, él, el destino, la señal de celular. Y ahí, querida y reivindicada Bridget Jones,  me hermano con Male Pichot en Cualca y su consagrada frase “como le rallaría el auto”, limpiándose lágrimas negras de rímel al pedo. Pobrecita.

Bridget te podemos pasar el trapo una y mil veces, porque aparte no es lo mismo un fracaso amoroso en Londres, donde salís a caminar toda abrigadita de suaves gorros de lana y bufandas coloridas, por las calles nevadas, con un río de fondo, donde es obvio que en esa caminata te vas a chocar con él, el verdadero, a un fracaso amoroso en La Matanza, en el Conurbano, donde me levanto al otro día, tarde, y mientras preparo el mate se corta la luz, porque somos del Tercer Mundo, Bridget, tenemos problemas energéticos, problemas de laburo, problemas sociales, cosas que en Londres no-su-ce-den. Un linyera en Londres es pintón, con su botella envuelta en papel madera. Glamour. Los linyeras posta los tenemos nosotros, sabés.

No hay punto de comparación. Estás triste en Londres, no sabés que hacer, de repente se te ilumina la cabeza y decís en voz alta: “Me voy a París”. ¡Lo tenés ahí nomás, hija de puta! Te tomás el tren y te vas a hacer selfies tristes en el Sena, te hacés un paseíto bajón a la Torre Eiffel, te metés en el café más cálido del mundo… Disculpame, Bridget, pero un fracaso amoroso en Europa es moco de pavo -no desgranes esa frase, es un argentinismo que no comprendemos en su sentido literal, pero es como decir, es una pavada, es para cualquiera-. Yo no sé si irme a caminar por este romántico paisaje de gomerías y talleres mecánicos, si tomarme el 406 e ir a la romántica calle Arieta repleta de hermanos conurbanos haciendo las estresantes compras de fin de año, o si tomarme el tren –cuando digo “tren” imaginate algo muy muy distinto a sus trenes- a Parque Patricios a ver “que onda”.

Bridget estoy llegando a los 30 y jamás pensé que te iba a superar. Aparte, ¡tenés una segunda parte! Donde viajás por trabajo a un lugar paradisíaco y tu ex y tu actual se pelean por vos… o sea… creo que a lo largo de este fino relato voy pensando que ya no merecés el mote de Bridget Jones en su sentido vivencial. En esa segunda parte caés presa, pero salís… es hora que nos dejes a nosotras ese diario rojizo. Acumulamos en cuadernos viejos los desplantes, los abandonos, los “quiero que terminemos”, y somos testigos de sus vidas rehechas, porque encima tu posmodernidad y tu ser “progre” galopante te hacen conservarlos en las redes sociales y ves cuando nacen sus hijos, te emocionás con los comentarios, quizás en algún momento pensás que ese hijo debería ser tuyo, pero vos tenés el propio (ahh viste Bridget, estás totalmente fuera de juego), fruto de una relación que no funcionó, engordando los cuadernos de fracasos amorosos conurbanos…

Europa tiene muchas deudas históricas con América Latina. Tu diario, Bridget Jones, es una de ellas. Porque sabemos que los finales felices te los quedaste todos vos y tus colegas hoollywodenses; a nosotras nos dejaron resignaciones, “nos quedamos por los chicos”, “son muchos años y no puedo patear el tablero”, que la estabilidad mental, económica, la casa y el Puerto de Frutos. Y las que vivimos pateando el tablero, o nos patean el tablero… Sea como sea no tenemos finales felices.

Claro que hay excepciones. Son esos puntos blancos en cartulinas negras, esa gente estable, feliz, casada, que viaja, que va y viene, que encima lo publica en 200 fotos que por algún extraño motivo vos te quedás mirando... Esa gente debería vivir en Londres, o pasarnos la puta receta o el número del psicólogo o algo…

Mientras tanto, volcamos tres décadas de fracasos amorosos en mates lavados, sin luz y sin señal –la misma que te cagó la cita-; planificamos la reparación histórica del Diario de Bridget Jones, la redistribución de finales felices y ya no cometeremos los mismos errores, siempre tendremos nuevos. Somos Bridget’s evolucionadas buscando un poco de equidad en nuestros guiones. Porque sí, encima todavía tenemos esperanzas…


Bridget’s del mundo, UNÍOS!