Tengo la heladera llena de chocolates y dulces que me dio la
gente que me quiere para que no me muera.
Llego de trabajar, esos trabajos que no tienen nada que ver
con nada del universo, abro la heladera y veo los chocolates que me recuerdan
que la vida debe seguir, porque sí. Dulces, amargos, aireados, y el alfajor que
le dan en la escuela a mi hijo.
Rollos de peligro. Sí, eso vengo de hacer. Me empleo en la
fábrica familiar y me autoconsagro operaria.
Dos días fui y ya me siento Simón Radowisky. Descubro a la máquina como el
mejor amigo del hombre. De la mujer, en este caso. El rollo de peligro se
enreda, se dobla, la impresión puede salir mal, la máquina se detiene, o el
cono le quedó chico, pero no me va a dejar. Nunca me va a dejar él. Yo lo voy a
dejar, cuando termino y me voy. Y, evidentemente, es a lo único que voy a dejar
en mi vida.
Todo empieza cuando mi novio, anda a saber cuál de esa fila
de desalmados, me dejó. Sí, otro más. Y la interminable danza de desamores me
trae acá, junto a vos, que te dejaron, que no te dejaron, que vivís el amor
como algo más, o, que como yo, lo sentís en lo más profundo del cajón de
verduras repleto del ají puta parió. Te deja, se va, no lo entendés, es una
película de terror, esos ojos no van a volver, esos brazos ya no te van a
abrazar, ese motor no sonará jamás en tu puerta, y ahí estás, chiquita como un
alfiler mientras la cámara se aleja. El ya se fue, diciéndote, encima, porque
la lista de encimas es muy larga,
que te ama. Te lo dice porque vos querés cerrar la historia lo más sanamente
posible… está bien, okey, no lo entiendo pero parece que va en serio, te vas, entonces
te muestro todas mis cartas porque no va a haber un después… amigo podés ser de
tu hermana. Y te digo que te voy a extrañar, y me limpiás las lágrimas; y como
no hay después, te doy todas tus cosas ahora, esperame un minuto…
Tu ropa. Esos calzones talle xxxxs y tus remeritas que
adoraba doblar. Las medias rotas y el puf. ¿Qué más? Sí, unos dibujos que
estuviste haciendo con mi hijo, no quiero verlos, un caracolito que trajimos de
Mar del Plata hace 4 días, CUATRO DÍAS, entendés Frozen? Un chupetín, amargo.
Llevatelo. Y sí, ya que salí afuera en el torbellino desorientado que era esa
noche, tomá, llevate el cactus… no un cactusito, cuidado, a ver si te pinchas….
No, llevate EL CACTUS que trajimos del norte, ese señor cactus que espero te
haya recordado a toda mi familia y todo el viaje cuando lo sacaste de la bolsa.
Te doy la bolsa, te deseo lo mejor, con el gramo de dignidad
que me queda, lo pierdo al instante porque te digo te amo, te beso en la boca y
me voy. Vos me decís lo mismo. Mismos deseos, mismo amor. (#$%&”!)
Si, te pinchás, cuando sacás el cactus, pero eso que… si te fuiste de todas formas. Los finales son
guionados por Sheakspere, siempre. Y musicalizados por Coldplay. Te juro, no
miento. Como tan enferma no estoy, cierro la puerta, y hago un s.o.s.
amigas-mamá-hermanas, y con el teléfono en mano, agarro un martillo y arranco
el corazón de cemento, de cemento,
que me hiciste en la pared con nuestras iniciales.
No hay consuelo. Nada. Es mentira, al rato es verdad. No es
la primera vez, deseo que sea la última.
**** algún mes 2017 ****
Lo bueno es que de ahí me reiventé unas cuantas veces, my friend.
Hay maestros y bendiciones, el fue un maestro que me enseñó tantas cosas de mi, es más lo que dejaste que lo que te llevaste, pero eso se sabe mucho después, al momento de escribir estas líneas era un llanto curándose en las risas del autoridículo, siempre me salvó escribir, sabés.