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23 de mayo de 2023

Valeria Valeriana y Lola - escena que espera en una novela llena de polvo (del malo)

- Tendrías que haber venido anoche, no sabes cómo estuvo la fiesta de mamá; no dejaron ni una porción de torta. Decí que llegué a guardarte un pedazo amiga, nunca me salió tan rica. Y decime vos, ¿lo llamaste al pintor?

- No - dijo Valeriana todavía con voz dormida - Estuve pensando, y creo que no tendría mucho sentido.

- Pero sos increíble Valeria... poné la pava que voy para allá y te llevo la torta. 


Lola vivía en frente de Valeria Valeriana. Se había mudado a San Cristóbal luego de separarse de su marido, hacía un año. A los veinte Lola conoció a Fuad, un centroamericano de sonrisa amplia que hacía juego con su boca de cocodrilo. A los veinticuatro se casaron con una ceremonia que duró veinte minutos y una fiesta de dieciséis interminables horas. Valeriana nunca fue a recibir la liga que le colocaría con mano invisible Fuad, porque estaba dormida en la cocina frente a una botella de sidra. Al día siguiente, la luna de miel dos meses en la India. Diez meses más tarde, el divorcio inmediato luego de descubrir el verdadero empleo de Fuad y una serie de engaños.


Valeriana estaba convencida de que en su casa había un duende que le escondía los cigarrillos. Se debe estar matando de risa desde una maceta y yo buscando enloquecida. Siempre lo mismo vos eh. Cuando los encontró en el primer lugar que había buscado, le sonrió burlonamente a una maceta y encendió uno.


Inmediatamente sonó el timbre y entró Lola como un caballo.


- Esta vez no me hizo renegar mucho, los encontré rápido.

- ¿Otra vez con lo del duende? Por favor Valeria, no quiero ir a verte al Moyano con un cartón de regalo todos los sábados - dijo Lola mientras metía la porción de algo marrón oscuro en la heladera - Mejor hablame del pintor, que tiene cara de duende, pero es un humano confirmado.

- Claro Lola, ¿qué sentido tendría que yo llame al pintor si en cuatro meses me voy de viaje?

- A ver Valeria. Primero, hablás como si un llamado fuera un anillo de bodas. Pará la mano.

Sí, para la mano. Pensó Valeriana. 

- Segundo, te vas por unos meses, tampoco es tanto. Pasame un cigarrillo.

- Bueno, pero vos sabés como son los viajes, uno nunca sabe con qué se puede encontrar. Mirá si me enamoro, jamás podría engañar al pintor; entonces me sentiría mal de sólo pensarlo. Volvería de inmediato, le contaría la intención de mi mente y seguro me dejaría. No lo voy a llamar. 

- Valeria, bajá por favor. Pará la mano. 

Sí, un anillo de bodas para la mano. ¿Dónde más sino? 

A Valeriana le llevaba algo de cinco segundos viajar a Valencia. Se prendió otro cigarrillo y se quedó mirando las manos de Lola que iban y venían cargando el mate.

- No entiendo como todavía tenés la alianza Lola. No le hace honor a nada. 

- Es una defensa, ya te dije. No estoy dispuesta a conocer a nadie. Recién ha pasado un año y creo que aún sigo enamorada.

- No. Seguís terca, que es distinto. 

- Vamos caminando a San Telmo. El día está lindo y tengo que visitar a un amigo.

- Tengo sueño.

- Dale, vamos comiendo la torta.



Cuando salieron de la casa Doña Amalia barría con inspirada concentración las hojas

de la vereda. Estaba segura de que Valeriana estaba loca, porque en los días más grises, cubiertos de niebla y desolados, Valeria Valeriana salía de su casa, se paraba

con las manos en la cintura mirando al cielo, y decía en un suspiro:

"Qué precioso día, ¿no Doña Amalia?". Y la vieja se la quedaba mirando con

cara de tener ruleros hasta que Valeriana volvía a entrar riendo a su casa de puerta azul.

Era un domingo precioso. El cielo casi despejado, y el sol de las tres de la tarde bien alto.

Las calles tranquilas, los autos por el Tigre o en Luján. La Capital para Lola y Valeriana.



***



PD: Un día Valeria Valeriana verá la luz, una Harry Potter sin magia, un Crepúsculo sin vampiros, una Amelie sin Yann Tiersen.


Quiero tanto a Valeriana, que nunca llega, pero tampoco nunca termina de irse.



'Fading out', Anahita Shams


5 de septiembre de 2020

Trátese con Cuidado

 Un día fui a la china y le pedí una bandeja para las piedritas de Toulousse. No tenía pero me ofreció una caja. Me indicó, en su conurbano dialecto achinado, que podía llevarme una caja, cortarla un poco, y ahorrarme la bandeja.


Entonces elegí una. Me la traje contenta por saber el tema solucionado, no podía postergar más la bandeja nueva. Llevaba noches y noches con el gato enojado a media noche, con toda la razón de su peludo lado, despertándome para salir huyendo a cualquier hora. No daba para más.

Mientras desarmaba la caja, previa desinfección de la vida entera en estos tiempos virósicos, o virales, o infumables, descubro algo. Algunas personas dicen que no hay destino astros cartas ángeles luces energías ni mucho menos señales. Y yo creo en todo eso y un poco más. Aunque a veces la fé se llene de polvo y no la vea. Cuestión que la caja me habló de repente, como gritándome con cariño. Y me dijo:

TRÁTESE CON CUIDADO

Y yo me sentí re zarpada. Pero entendí la señal perfectamente, corté ese lado del cartón y lo colgué bien a la vista.
A las pocas semanas, mientras abrazaba un corazón querido, muy querido, el cartel me volvió a hablar. Esta vez se cayó... y no les voy a mentir, para qué. Primero quedó dado vuelta, sin leyenda. Al sentir el ruido en el silencio dominguero, lo miramos. Y mientras lo mirábamos, el cartel se dio vuelta y me volvió a gritar:

TRÁTESE CON CUIDADO

Está bien, ya sé, te volví a entender. Cuántas veces más? Cuántas vueltas más si sabes que no hay sortija en esta calesita?
Y el cartel, y Miguel, y el Universo, pero sobretodo yo, nos dimos la fuerza y dejamos ese corazón querido, muy querido. Y me trate con cuidado. Y el pedazo de cartón sigue siendo lo más bonito que colgué este año.

Supe estar felizmente triste, quizás me comprendan. Pude con ese Rivera, saltar de la calesita sin romperme la columna, porque la amamos, pero ninguna quiere ser Frida.
La caja nunca funcionó, Toulousse, con su sabio ser, jamás la usó. Finalmente compré la bandeja plástica, pero vaya si tenía que pasar por la caja.

En fin, trátense con cuidado, y que sea lo que tenga ser. SaluT al Universo y sus señales. ✨



PD: otro días les cuento mil más.

25 de marzo de 2019

19 de marzo - Día 12.451 en la Tierra

No entendés, y quisieras no querer entender, que en este tiempo en este mundo, es lo mejor que podría pasarte.

No querer entender porqué cuando apretás un botón se cambia el canal, porqué el sol de invierno te pone tan feliz, porqué las mañanas volvieron a ser todas frías.

¿Hay un punto medio entre los felices ignorantes y los tristes cognocentes? Sí. Pero pará...
No querer entender porqué nunca escuchaste ese pedacito de canción que te mandé, quizás por el mismo motivo en que ayer me fui a comprar justo la hamburguesa. Bendita hamburguesa.
Bendita y justa hamburguesa.

Demasiado lunes para Daft Punk.
Pero acá está.
One thousand lonely stars hiding in the cold
Take it, I don't wanna sing anymore

No quiero cantar más, Casablanca.

Las piezas no terminan de caer. Y acá estamos. Todxs volando, cayendo como podemos, esquivando a la pieza de al lado, para que no te lleve puesta en su aterrizaje. Pero se chocan, y se golpean. Nadie sabe caer sin lastimar a otrxs.

El mundo a veces se hace un embudo y no, no pasamos todxs. Hay que hacer fila india y toca toca la suerte es loca.

No entendés porqué hasta hace 5 días era verano y ahora es otoño, y se nota, el otoño entra como una columna numerosa al repique de los bombos.

Y te dice.
Y te advierte:
Mirá que llegué, podrías ir cambiando el vino por tecitos chuchis, ir pensando qué libro vas a retomar, re - tomar, más que el vino. Elegite pelis, pero unas buenas. Aflojale al reaggeton y prepará el piyama o conseguite una bata, como te advertían tus amigos, vas a terminar con una bata fumando con boquilla y bebiendo whisky. O tecito chuchi. Y sin fumar. Chavela.


Pero al mismo tiempo el otoño trae baile, sabés. Que se apaguen los que no saben brillar bien, y se encienda el día a día, otra vez. ¿esperar a que aprendan a brillar? Si todavía vos están en corto, qué decís. ¿Nunca te dieron un aventón loco a Flores?

Que se apaguen, cortemos la luz del mundo, que queden lxs que aprendieron

a hacer 
                   fueguito 
a ser 

          fuego.

¿Qué vale más? 

¿La palabra
La acción
O el vuelto en caramelos?

.
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.
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PP
25.III.19
.

14 de marzo de 2019

De la mano y en pantuflas


Es que creer en Fidel es necesario Morell, como quien deja de buscar pelos al huevo – decía Raquel con las manos inquietas, pitando una y otra vez. Y yo sabía cómo terminaban aquellas charlas. Es que ella no soportaba que yo opinara distinto, consideraba la amistad, o el amor, como una balanza totalmente equilibrada, como X igual a X. Al segundo mes de convivencia supe que su terquedad podría más que cualquier sensatez, por lo que me incliné a la resignación, a la sonrisa suave, a tomarle una mano y acariciarla mientras ella se encendía con cada palabra, revoloteando su mirada en mí, en la ventana, en el cuadro del Che.

Durante cinco años la deseé como a nadie, pero de una manera que Raquel ni siquiera sospechó. Me creí el cuento del buen enamorado, con óptimos resultados. Noches y noches de lecturas, whisky, Tiersen y cigarros. Ella iba por ahí, y a mí me quedaba exacto.

La fortaleza de la isla, el empeño del viejo, y la mierda que nos rodea, yo lo necesito Morell, yo creo en Fidel. ¿Por qué me miras así? ¿Vos no? ¿Desde cuándo pensamos distinto nosotros? Era el momento, le tomé la mano, le acaricié los dedos largos, y la besé con los ojos. Decime, Morell. Entonces la llevé a la cama.

La amaba tanto, pero no pude enseñarle a aceptarme, aceptar cualquier otro. Mis tácticas fueron estrategias de evitar cualquier enfrentamiento cotidiano. Eso de amoldarse no iba para Raquel, pobrecita, Raquel.

La consentía, hace poco puedo decirlo. Es que decirlo y aceptarlo, es saberme en parte culpable. Cuántos repasadores quemó porque yo nunca le dije lo peligroso de dejarlos cerca de la hornalla, pero ella se reía, y mi reto era la sonrisa suave, morderme el labio entre la sonrisa suave. Y ella se reía más, porque le gustaba mi complicidad o el reto-sonrisa. No me pueden culpar por haberme enamorado. A fin de cuentas, mi aporte fue de enamorado.

Dejé que llevara a Tobías, el perro, al casamiento de mi hermana. El animal, que vivía encerrado en un departamento, corrió por todo el salón, apenas pude convencerla para que lo dejemos afuera. Cuando el sol se entrometió en la fiesta salimos a buscarlo, pero sólo encontramos los destrozos que Tobías había hecho en el cuidado parque, en los finos canteros, en las nomeolvides, y de él, ni rastro. Raquel lloró todo el camino a casa, y repetía “a Tobías Dos te juro que lo cuido, qué estúpida que soy”. Pero a Tobías Dos se lo llevó con ella al mercado y lo pisó un auto. ¿Qué podía hacer yo? Dejé pasar un mes y le traje a Tobías Tres, pobre Raquel.

El día que nos mudamos estaba tan feliz, tan hermosa. Teníamos una cama, un sillón y una radio con pasa cassette. Nos sentamos en el piso con café y un atado, decidimos que así sería la inauguración. El café nos desveló, de manera que a las tres de la mañana salí a comprar cigarrillos, y unos chocolates. Era invierno. Raquel se quedó descalza en el balcón. Cuando me vio cruzando la calle me gritó que no olvide los preservativos, pero yo los olvidé. Esa noche quedó embarazada. Qué te hice Raquel… una nena y una nena.


Te arrancaron de mis brazos. Era miércoles, yo había llegado hacía un rato. Vos estabas con la panza, preciosa. Y te llevaron igual, no les importó nada.
De ahí en más yo trabajo, juego con Ana, como, me baño. Soy una rutina fría. Pienso que sin vos no podría hacerlo, pero allí estás, todos los días, descalza en el balcón, y sabés que estoy ahí, espiándote, atrás del álamo. Ana sólo te ve los sábados, y vos le sonreís, como hacías con cada niño, con cada perro en la calle. Estás flaca, pálida, tus ojos se apagaron. Pero yo te amo tanto, Raquel. Yo voy todos los días a espiarte, y me ves. Los sábados tomamos el té, hasta que vos te aburrís y seguís al muchacho de pelo largo. Decís que él es el papá de tu muñeca. Y yo los miro mientras se alejan por los pasillos celestes, de la mano y en pantuflas.


                                                                                                                                                                          P.S.P. 
                                                                                                                                   Octubre ’09

13 de febrero de 2019

Catarsis de un viejo adiós


Tengo la heladera llena de chocolates y dulces que me dio la gente que me quiere para que no me muera.

Llego de trabajar, esos trabajos que no tienen nada que ver con nada del universo, abro la heladera y veo los chocolates que me recuerdan que la vida debe seguir, porque sí. Dulces, amargos, aireados, y el alfajor que le dan en la escuela a mi hijo.
Rollos de peligro. Sí, eso vengo de hacer. Me empleo en la fábrica familiar y me autoconsagro operaria. Dos días fui y ya me siento Simón Radowisky. Descubro a la máquina como el mejor amigo del hombre. De la mujer, en este caso. El rollo de peligro se enreda, se dobla, la impresión puede salir mal, la máquina se detiene, o el cono le quedó chico, pero no me va a dejar. Nunca me va a dejar él. Yo lo voy a dejar, cuando termino y me voy. Y, evidentemente, es a lo único que voy a dejar en mi vida.




Todo empieza cuando mi novio, anda a saber cuál de esa fila de desalmados, me dejó. Sí, otro más. Y la interminable danza de desamores me trae acá, junto a vos, que te dejaron, que no te dejaron, que vivís el amor como algo más, o, que como yo, lo sentís en lo más profundo del cajón de verduras repleto del ají puta parió. Te deja, se va, no lo entendés, es una película de terror, esos ojos no van a volver, esos brazos ya no te van a abrazar, ese motor no sonará jamás en tu puerta, y ahí estás, chiquita como un alfiler mientras la cámara se aleja. El ya se fue, diciéndote, encima, porque la lista de encimas es muy larga, que te ama. Te lo dice porque vos querés cerrar la historia lo más sanamente posible… está bien, okey, no lo entiendo pero parece que va en serio, te vas, entonces te muestro todas mis cartas porque no va a haber un después… amigo podés ser de tu hermana. Y te digo que te voy a extrañar, y me limpiás las lágrimas; y como no hay después, te doy todas tus cosas ahora, esperame un minuto…

Tu ropa. Esos calzones talle xxxxs y tus remeritas que adoraba doblar. Las medias rotas y el puf. ¿Qué más? Sí, unos dibujos que estuviste haciendo con mi hijo, no quiero verlos, un caracolito que trajimos de Mar del Plata hace 4 días, CUATRO DÍAS, entendés Frozen? Un chupetín, amargo. Llevatelo. Y sí, ya que salí afuera en el torbellino desorientado que era esa noche, tomá, llevate el cactus… no un cactusito, cuidado, a ver si te pinchas…. No, llevate EL CACTUS que trajimos del norte, ese señor cactus que espero te haya recordado a toda mi familia y todo el viaje cuando lo sacaste de la bolsa.

Te doy la bolsa, te deseo lo mejor, con el gramo de dignidad que me queda, lo pierdo al instante porque te digo te amo, te beso en la boca y me voy. Vos me decís lo mismo. Mismos deseos, mismo amor.  (#$%&”!)

Si, te pinchás, cuando sacás el cactus, pero eso que…  si te fuiste de todas formas. Los finales son guionados por Sheakspere, siempre. Y musicalizados por Coldplay. Te juro, no miento. Como tan enferma no estoy, cierro la puerta, y hago un s.o.s. amigas-mamá-hermanas, y con el teléfono en mano, agarro un martillo y arranco el corazón de cemento, de cemento, que me hiciste en la pared con nuestras iniciales.





No hay consuelo. Nada. Es mentira, al rato es verdad. No es la primera vez, deseo que sea la última.


****                                                      algún mes 2017                                           ****


Lo bueno es que de ahí me reiventé unas cuantas veces, my friend. 
Hay maestros y bendiciones, el fue un maestro que me enseñó tantas cosas de mi, es más lo que dejaste que lo que te llevaste, pero eso se sabe mucho después, al momento de escribir estas líneas era un llanto curándose en las risas del autoridículo, siempre me salvó escribir, sabés.

24 de febrero de 2018

El suicida de la playa


 “Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí sólo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” Albert Camus



Pelos míos por toda la casa. Decías que los juntabas en un sobre. Cómo no me di cuenta, quién pudiera hacer algo así. La última vez que dejé pelos míos en tu casa fue la última y redundante vez que rompiste mi corazón.

¿Te acordás cuándo vimos un hombre muerto en la playa? Nunca escribí sobre eso. Lo guardé como el presagio de aquella otra vez que rompiste mi corazón. ¿Cuál había sido? ¿La segunda? ¿La primera?

Volvimos de la playa y terminaste. Qué importa en qué orden ni porqué. Ya no me importa. Ese hombre que creíamos borracho, se había metido un tiro. Y no con un 22, un 38. No. Una escopeta. Si va a ser el final, que sea grande, colosal. Él tenía más sentido común, tuvo un solo y gran final. Se quedó suspendido para siempre mirando el mar. Vos elegiste un final agónico. Uno, dos, tres finales. Y el escopetazo final, con esa bala capaz de ir y volver e impactar tantas veces.



¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? ¿Estaba quebrado? ¿Solo? ¿Qué pensó su familia? ¿Tenía familia? ¿Por qué se escapó? Porqué no dejó al Universo hacer… será qué hay corazones que no soportan esa bala ir y venir.  No supo manejar el absurdo de vivir, diría Camus. Andá a saber. En definitiva, ese día vimos el suicidio a un metro y medio.

Llegó temprano. Se sentó en la arena fría. Cerquita de esa casa que hicimos nuestra el invierno anterior. Miró el infinito del mar y lo volvió a pensar. Ya no había más destino para él que quedar suspendido en las olas. ¿Sabés? Esta vez si te voy a ganar. Y gatilló. No, no era vómito, era sangre. Qué bobos…jugábamos con la espuma del mar mientras la muerte daba vueltas por la playa, llevándoselo lejos. Y sí, de paso, nos llevó a nosotros. En cuotas y agónicamente. Nos subió a una ola fría y brusca; me sumergió y llenó de pelos marrones, rubios, naranjas, tan indefinidos siempre, las aguas del atlántico. Y nos soltamos la mano para siempre. Como un barco pesado que ya no emerge a la superficie.

Después volviste de mil formas. Pero ya estabas muerto. Y yo un poco también.
Porque nunca renazco si no muero antes, las veces que sean necesarias.  
En definitiva, estamos llenos de muertos tan vivos. El suicida merecía ser contado, porque ya sabemos, lo que no se nombra no existe.

Estoy frente a un teclado, otra vez, naciendo después de morir en tus ojos verdes. Pero hace rato vengo naciendo, nací en una copa de vino que llegó a mi vida después de los 30, y en el placer de un disco que Almodóvar pensó para mí, cuando escribía Hable con ella. Se llama “viva la tristeza”, y no sabés cuántas alegrías me da. Volver del reaggeaton de la mano de Amy Winehouse, y olvidar que era nuestra. Yo soy nuestra. Todas mis yo me recorren revolviendo cada rincón de mi cuerpo que ahora vuela con los pies.

Los sábados son domingos y los domingos serán viernes. My way, cantan desde abajo. Y el final sube solo, y la batería se agita, y es grandioso saber que el pino sigue aquí enfrente, y que la pantalla se sigue llenando de letritas negras que no llevan a nada.

Es que el suicida merecía ser contado. 

31 de diciembre de 2014

Bridget Jones LTA


Esta es mi revolución,
llenar de amor mi sangre.

Empecemos por una verdad irrefutable: Bridget Jones no existís. Tu vida amorosa tiene un final feliz. En el medio pasás algunas vergüenzas, te enamorás un poco del equivocado, evidenciás tu caudal de amor acumulado como agua de estanque, y pasado el tiempo suficiente de la dulce mentira, descubrís que te engaña, o que ya estaba con otra, o que, o que… pero, Bridget, llevás tu “sobrepeso” mejor que mi flácida delgadez, podés emborracharte y cantar desahogando los fracasos de tres décadas consecutivas porque tenés trabajo; cambiás de trabajo como de bombacha y tenés amigos rescatadores en momento, cuando menos, polémicos.
Bridget, no te dejaron plantada, él, el destino, la señal de celular. Y ahí, querida y reivindicada Bridget Jones,  me hermano con Male Pichot en Cualca y su consagrada frase “como le rallaría el auto”, limpiándose lágrimas negras de rímel al pedo. Pobrecita.

Bridget te podemos pasar el trapo una y mil veces, porque aparte no es lo mismo un fracaso amoroso en Londres, donde salís a caminar toda abrigadita de suaves gorros de lana y bufandas coloridas, por las calles nevadas, con un río de fondo, donde es obvio que en esa caminata te vas a chocar con él, el verdadero, a un fracaso amoroso en La Matanza, en el Conurbano, donde me levanto al otro día, tarde, y mientras preparo el mate se corta la luz, porque somos del Tercer Mundo, Bridget, tenemos problemas energéticos, problemas de laburo, problemas sociales, cosas que en Londres no-su-ce-den. Un linyera en Londres es pintón, con su botella envuelta en papel madera. Glamour. Los linyeras posta los tenemos nosotros, sabés.

No hay punto de comparación. Estás triste en Londres, no sabés que hacer, de repente se te ilumina la cabeza y decís en voz alta: “Me voy a París”. ¡Lo tenés ahí nomás, hija de puta! Te tomás el tren y te vas a hacer selfies tristes en el Sena, te hacés un paseíto bajón a la Torre Eiffel, te metés en el café más cálido del mundo… Disculpame, Bridget, pero un fracaso amoroso en Europa es moco de pavo -no desgranes esa frase, es un argentinismo que no comprendemos en su sentido literal, pero es como decir, es una pavada, es para cualquiera-. Yo no sé si irme a caminar por este romántico paisaje de gomerías y talleres mecánicos, si tomarme el 406 e ir a la romántica calle Arieta repleta de hermanos conurbanos haciendo las estresantes compras de fin de año, o si tomarme el tren –cuando digo “tren” imaginate algo muy muy distinto a sus trenes- a Parque Patricios a ver “que onda”.

Bridget estoy llegando a los 30 y jamás pensé que te iba a superar. Aparte, ¡tenés una segunda parte! Donde viajás por trabajo a un lugar paradisíaco y tu ex y tu actual se pelean por vos… o sea… creo que a lo largo de este fino relato voy pensando que ya no merecés el mote de Bridget Jones en su sentido vivencial. En esa segunda parte caés presa, pero salís… es hora que nos dejes a nosotras ese diario rojizo. Acumulamos en cuadernos viejos los desplantes, los abandonos, los “quiero que terminemos”, y somos testigos de sus vidas rehechas, porque encima tu posmodernidad y tu ser “progre” galopante te hacen conservarlos en las redes sociales y ves cuando nacen sus hijos, te emocionás con los comentarios, quizás en algún momento pensás que ese hijo debería ser tuyo, pero vos tenés el propio (ahh viste Bridget, estás totalmente fuera de juego), fruto de una relación que no funcionó, engordando los cuadernos de fracasos amorosos conurbanos…

Europa tiene muchas deudas históricas con América Latina. Tu diario, Bridget Jones, es una de ellas. Porque sabemos que los finales felices te los quedaste todos vos y tus colegas hoollywodenses; a nosotras nos dejaron resignaciones, “nos quedamos por los chicos”, “son muchos años y no puedo patear el tablero”, que la estabilidad mental, económica, la casa y el Puerto de Frutos. Y las que vivimos pateando el tablero, o nos patean el tablero… Sea como sea no tenemos finales felices.

Claro que hay excepciones. Son esos puntos blancos en cartulinas negras, esa gente estable, feliz, casada, que viaja, que va y viene, que encima lo publica en 200 fotos que por algún extraño motivo vos te quedás mirando... Esa gente debería vivir en Londres, o pasarnos la puta receta o el número del psicólogo o algo…

Mientras tanto, volcamos tres décadas de fracasos amorosos en mates lavados, sin luz y sin señal –la misma que te cagó la cita-; planificamos la reparación histórica del Diario de Bridget Jones, la redistribución de finales felices y ya no cometeremos los mismos errores, siempre tendremos nuevos. Somos Bridget’s evolucionadas buscando un poco de equidad en nuestros guiones. Porque sí, encima todavía tenemos esperanzas…


Bridget’s del mundo, UNÍOS!


12 de mayo de 2012

Invitación




                     
Querida Familia y Amigos:
                                          Queremos compartir este gran momento junto a ustedes, los más cercanos, los que estuvieron acompañándonos en los buenos y malos tiempos a lo largo de estos veinte años. Como todos saben, nunca pudimos casarnos porque la plata, siempre la plata, no alcanzaba; y como era tan grande nuestro amor, queríamos festejarlo así, a lo grande. Siempre soñamos con una fiesta que recordemos para siempre, que ustedes, nuestros invitados, también la recuerden como unas horas en que se divirtieron, comieron para tres días, y tomaron para veinte.
Éramos tan jóvenes, puro sueños, todo el futuro para nosotros, enamorados, tan enamorados…  Muchos de ustedes son testigos de ese amor inmenso, que segundo a segundo se engrandecía. Disfrutábamos tanto compartirlo con ustedes, porque vivimos con la convicción de que el amor compartido es vital para esa retroalimentación que el mismo conlleva. De qué nos servía enredarnos eternamente en el nido; creemos que de esa manera el amor se pudre, tal como agua en un estanque. Claro que teníamos nuestros buenos ratos de intimidad, compartíamos mañanas, tardes y noches. Nos encantaba el cine, el teatro y los recitales. O un disco de John Coltrane en casa. Compartíamos mucho más que gustos, era una conexión única.

Cuando nació Magali, año 1980, no teníamos un peso. Amor, amor, amor. Contigo pan y cebolla. Pero a Magali no le faltó nada, porque desde entonces nosotros no dejamos de trabajar. El trabajo no fue el soñado, pero la paga era buena. Tanto que, dos años más tarde, encargamos – o se filtró – a Marianito. Y los años pasaron, el trabajo cada vez mejor, las vacaciones mutaron de Córdoba a Brasil, de Brasil a Santiago de Chile, y de ahí cada vez más al Norte. Se imaginan, pues, que nuestra situación financiera mejoró notablemente. Ambos fuimos ascendidos, gerente de gerente de gerente; nuestras empresas crecían al mismo ritmo que el riesgo país se iba al carajo, paradójico. Los chicos comenzaron a estudiar en universidades privadas, y la verdad es que cada vez nos veíamos menos. Eso sí, disfrutamos 4 años seguidos en Punta Cana, los cuatro.

Pero volviendo al motivo que nos convoca, queremos invitarlos a nuestro divorcio, que tendrá lugar el día 28 de Julio, en el Juzgado de Primera Instancia en lo Civil de Familia Nº 20, a las 8 de la mañana, Av. Nosecase al 2012, 1º A. Y el sábado 29 a las 20 horas, no se pierda el festejo en el Salón “Amor” del Sheraton Hotel.

¡Los esperamos!

Marcela y Antonio

11 de mayo de 2012

A tu revés



Decí que las yemas de mis dedos guardaron
el recuerdo del roce a tu espalda…
Decí  que te acariciaron, estas yemas memoriosas,
que a veces añoran tu piel.
Decí que el olvido no es físico y el tacto es eterno.

Entrelunas, 2008